Allí estaba todo lo que quedaba de ella, todos sus recuerdos y memorias, cada instante de lo que había sido y cada sensación que ella era, su carácter, sus faltas, sus aciertos, toda la información que resumía su existencia. También allí estaba la información de su cuerpo, de cada pedacito que ella era, la marca en su espalda, el color de su piel, las vueltas de sus entrañas, la fuerza de sus músculos, cuanto se había desgastado su ADN durante su vida, la porosidad de sus huesos... toda ella, cada pensamiento, cada movimiento estaban allí, resumidos en esa pequeña caja negra que ahora Brée tenía entre sus manos.
Kuna había muerto hacía cinco días en el restaurante, un pequeño vaso sanguíneo estalló en su cerebro. Brée amaba a Kuna con toda su alma, sonreía feliz al recordar el borde de su sonrisa, el filo de sus orejas, sus ojos de miel. Era ella la mujer de su vida y aún en ella veía todo su futuro. Después de 19 años creía saber todo de ella, y creía que todo estaba bien. No fue consciente de que la había perdido hasta ese momento en el restaurante, cuando ella le habló con esa voz dulce que tenía cuando decía cosas de las que se sentía culpable, cuando ella le contó que desde hacía tiempo lo estaba pensando y que finalmente lo había decidido, no quería seguir con él. Estaba a punto de decir adiós cuando, en un acto reflejo, se tomó la cabeza y empezó a sangrar por los oídos, no hubo tiempo de nada. Brée gritó por ayuda y fue a sostenerla antes de que cayera de la silla. Cuando la tomó en sus brazos Kuna ya estaba muerta.
Ahora, cinco días más tarde, Brée había recibido la pequeña caja negra. Habían comprado el Respaldo de Vida hacía un par de años y hacía apenas una semana que él había pagado la renovación para el siguiente año. Todo lo que cada uno era, desde su información genética hasta sus recuerdos y emociones, era transmitido en tiempo real al servidor de la compañía de seguros que, en caso de muerte devolvería al responsable legal más cercano la pequeña caja negra con el contenido de lo que había sido la persona. El Respaldo era costoso pero los dos lo habían hablado y creían que valía la pena. La Recuperación era otra cosa, no lo habían incluido en el plan del seguro porque era muy costoso y no creían necesitarlo pronto, después de todo aún eran jóvenes. Brée podría pagar la Recuperación de Kuna, pero tendría que vender la casa, endeudarse un tanto... en otras circunstancias no lo habría dudado, pero ahora...
No sabía si lloraba más por su muerte o por que en cualquier caso estaba a punto de perderla. Los del seguro le recomendaron que se apresurara en tomar una decisión ya que la incapacidad de Kuna por muerte se vencería pronto y si él no aplicaba la Recuperación, ella perdería su trabajo. El contrato firmado por los dos decía que el termino para decidir la Recuperación del otro era de 4 años, luego de los cuales la caja negra sería destruida y se declararía la muerte oficial. Brée escuchaba los detalles de los procesos casi entre sueños, pensando solo en los ojos de miel y en el dolor que sentía. Salió de las oficinas del seguro todavía llorando, llevando la pequeña caja negra apretada entre sus brazos. En casa las lágrimas no cesaron. Lloró adolorido toda esa tarde y la mañana siguiente. Pensó en el profundo amor que tenía por ella, en los sueños que habían construido juntos, en el silenció que ella guardo sin explicarle nada, en sus palabras ciegas en el restaurante...
Kuna despertó suavemente a las ocho y cuarto de la mañana, apenas unos minutos más tarde de lo previsto. Le dolían los ojos y todos los músculos, sentía la lengua seca y el estómago vacío, por un instante sintió que su cerebro no cabía en su cabeza y que su cráneo estaba a punto de partirse. Pero la sensación empezó a desvanecerse de inmediato y unos segundos más tarde ya no sentía nada. Fue entonces que vio el cuarto a su alrededor, la cama de hospital con sábanas de seda, las persianas cerradas, las paredes a prueba de ruido, los instrumentos monitoreando sus signos vitales. Los recuerdos empezaron a juntarse y el dolor que sintió en su cabeza se hizo presente. Sin pensarlo soltó un grito seco -¡Me morí!- dijo casi ahogada. Bree estaba sentado en una mecedora al lado de su cama, Kuna lo miro con ojos desorbitados, -Me morí...- volvió a decir -...cuando...- -Cuando estabas a punto de decir adiós.- dijo Brée terminando la frase. -Querías una vida sin mí, amor, ahora la tienes.- agregó antes de salir de la habitación. Kuna no volvió a saber nada de él.
Friday, 24 August 2018
Friday, 3 August 2018
La maldición del pajaro (23 de septiembre de 2014)
El animal conocía su destino. ¡Lo había vivido tantas veces! Y cada vez que el tiempo se acercaba, el miedo crecía en él hasta hacerse infinito, hasta el desespero de desear la muerte una y otra vez, como un deseo puro y sublime. La prefería de seguro, sin sombra alguna de duda en ningún rincón de su emplumado ser, así de seguro, prefería la muerte definitiva. Pero lejos de ella, la maldición impuesta al ave desde el principio de los tiempos se repetía incesante una y otra vez. Su única fortuna consistía en que la vejez se tardara casi un siglo en alcanzarle. Sin embargo, cada año en que se hacía más viejo el animal se estremecía desde la punta de las largas plumas de su cola hasta la punta de su afilado pico. Un año más era un año más cerca del martirio, un año más era sentir como en algún lugar de su cuerpo se iba encendiendo una llama, como adentro suyo el fuego empezaba a consumirlo, poco a poco y lentamente, ese ardor agudo que le erizaba constantemente el alma y el borde del cerebro. Ya en la vejez, el pico corneo se le agrieta, las garras se le reducen a muñones incendiados, y las plumas van cayendo una a una hechas ceniza. Ya en la vejez, todo huele a pluma y carne chamuscadas, en vez de sangre al bicho le corre ardiente lava por las venas y sus ojos escupen chispas en destellos y crujidos. Al final, al fondo, durante el último latido, el corazón enciende el gran fuego rojo que consume por completo al pájaro, que se deshace desquiciado en sus cenizas antes de renacer de nuevo. Ser un Fénix no es de manera ninguna una forma deseable, sino, como la piedra, es el eterno suplicio de destruirse uno mismo, de incinerarse solo para nacer de nuevo de entre las propias cenizas a repetir el rito.
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