Es cierto que hay un único dios y que creó todo cuanto existe, también es cierto que es omnipotente y omnipresente. Todo en él - aunque sería más adecuado decir eso - está contenido y es posible.
Y es cierto que al principio del tiempo estaba pendiente de su creación, que dio conciencia a algunos seres para que estos pudieran por sí mismos maravillarse de la existencia, que en un comienzo saboreó la idea de que esos seres fueran capaces de reconocer su presencia y ¿por qué no? agradecerle. Es igualmente cierto que a los primeros se les reveló y les dio su nombre y su palabra y que, para que la conciencia de esos seres tuviera algún sentido, era necesario que eso - dios - estableciera una serie de reglas por las que el todo funcionara. Siendo así, él mismo decidió que su intervención en el universo luego de ponerlo en marcha debería ser mínima.
Algunos seres entonces se reproducirían en ese pequeño planetita azul y podrían apreciar la obra que dios amablemente había creado. Y por un tiempo así lo hicieron los primeros humanos, los que conocieron de primera mano el nombre de dios y su apariencia. Sin embargo, había puesto dios tanto cuidado en construir su creación; había generado tantas formas, colores, sabores, sentidos, deseos, placeres, rabias y huidas; había eso pensado con tal detalle cada elemento, cada molécula, cada compuesto, cada fuerza, cada campo, cada ley, cada regla; había el único dios dado tanto en el mundo por conocer a los humanos, que estos, en su maravillarse durante la continuidad de la sobrevivencia, poco tiempo podían dedicar a pensarlo a él, y eso empezó a ser solo un vago recuerdo.
Generación tras generación y a medida que se reproducían, los humanos iban cambiando un poco aquí y un poco allá la versión de lo que era o de quién era o de cómo era dios. Su conciencia - regalo de dios - les permitía dudar de cuanto otros contaban y por tanto empezaron a proponer diferentes nociones de dios, y a medida que se dispersaban por el mundo el nombre con el que le llamaban empezó a variar hasta hacerse irreconocible entre diferentes pueblos. Con el paso del tiempo todos los nombres con los que llegaron a conocerle eran todos, menos el suyo propio. Con el paso del tiempo y las tergiversaciones de su historia eso no era él ni él era eso. Con la rutina de los humanos dios - él - se convirtió en muchos dioses, en fragmentos de dioses que requerían de ayudantes, en dioses extremos enemigos, en dioses pequeños de poderes limitados, en comunidades de dioses y diosas que lejos de ser él se comportaban como los mismos humanos lo hacían. Con la cotidianidad de los humanos eso - dios - fue tomando la forma de frases de sorpresa, de angustia, o de reproche ¡ay, dios mío! ¡de por dios! de frases de promesas ¡se lo juro por dios! o agradecimiento ¡dios se lo pague! ¡gracias a dios! pero todas esas frases no eran él. Esas frases hablan solo de los humanos o de entre los humanos o de para los humanos, pero ni una sola realmente lo reconocen a él.
En el andar del tiempo, nada sabemos ya de dios a ciencia cierta, de lo que es o de lo que hace o de para que lo hace. Hace tiempo, mucho tiempo ya que dios - el verdadero - ha sido olvidado. Y él - aunque sería más adecuado decir eso - sigue siendo, en la ausencia y en el olvido, omnipotente y omnipresente.
Monday, 17 September 2018
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