Monday, 11 May 2026

El pollo, el gato y la piedra

El microsegundo en el que se dio cuenta que la pequeña piedra daría en el blanco pareció una eternidad que se fue llenando del arrepentimiento de haber acertado. Ese efímero instante lo transporto a un secreto remoto, silencioso y enterrado. Tendría tal vez unos doce o trece años y por tanto ya lo dejaban quedarse solo en la casa. Así se sentía dueño y responsable de la pequeña finca y de todo lo que había en ella: las cabras en el corral, el cabro en su corral propio, los árboles de ciruela, de cereza, de durazno, y la huerta con sus papayuelas, peras, brevas, moras, zanahorias, curubas, y el tomillo. Al tomillo lo habían plantado hacía poco en esos surcos de la tierra negra y fértil de la sabana y era por ahora el cultivo más novedoso y apreciado de la casa. Con la tierra removida era también el lugar más apreciado por los pollos y gallinas del vecindario que venían a escarbar buscando insectos y gusanos. Esa tarde el niño vio desde la ventana como los pollos estaban otra vez allí revolcando la tierra y dañando el tomillo y no dudo en salir a espantarlos. El camino de entrada a la casa estaba hecho de gravilla y no costaba nada levantar un guijarro y lanzárselo a los pollos para asustarlos. En un santiamén el niño levanto una piedra, apunto a cualquier pollo y la dejo ir. Mientras la veía volar por el aire los acontecimientos se iban grabando para siempre en su memoria: la mano que soltaba la piedra, el pollo con la cabeza clavada en el suelo, la incrédula alegría que iba creciendo a medida que la piedra parecía aproximarse a su objetivo, el pollo que tarde se da cuenta de que algo se aproxima, la cabeza del pollo que se levanta del suelo, el destino de la piedra – que como con Goliat – se encuentra irremediablemente con la cabeza, y el reemplazo gradual e instantáneo de la alegría por la desdicha, la preocupación, y el arrepentimiento. El pollo cayó muerto y en vez de héroe el niño era ahora un villano. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Su imaginación empezó a llenarse de la angustia de las consecuencias de haber matado el pollo de algún vecino. Le pareció escuchar el regaño intenso y desproporcionado de su padre y la tusa que le daría. Como seguro para los adultos eso no sería suficiente también habría regaño por parte de su madre, y habría que buscar al dueño del pollo, entregar el cadáver, ofrecer disculpas, pedir perdón, intentar en vano explicarse. Todo porque el estúpido pollo levantó la cabeza justo a tiempo para encontrarse con la piedra. Y ahora él era el único testigo, el criminal, y el afectado. ¿Qué hacer? Algo había que hacer ¿Cómo no? si finalmente él era el único testigo, nadie más había visto nada. Como en cualquier otro crimen había que eliminar la evidencia, rápido. Se acordó del cabro y de que tenía que limpiarle el corral de los restos de pasto y de sus excrementos y que esos había que enterrarlos en el hueco. A ése mismo hueco fue a parar el cuerpo del pollo y nunca antes había quedado el corral del cabro tan bien limpio. Nadie – pensó el niño – nadie va a escarbar en los excrementos del cabro, tendría que ser muy de malas. Y desde entonces hasta ahora solo él supo, guardó silencio. De la piedra no se supo nada, ya habrá de encontrarse infortunadamente con otra cabeza. Ese secreto remoto, silencioso y enterrado se le vino todo completo en el efímero instante en que se dio cuenta que la pequeña piedra – otra vez – daría en el blanco. Está vez en la cabeza del gato que se cagaba en el jardín de la cabaña y al que otra vez solo quería espantar sin hacerle daño. Esta vez no hubo sombra de alegría – ya conocía la experiencia – sino de una vez la sensación horrible de preocupación y arrepentimiento mientras veía la piedra volar por el aire. Antes de que sucediera se vio otra vez, ahora un hombre, hecho un villano y tuvo tiempo de lamentar haber siquiera levantado la piedra. ¿Qué haría? ¿Esta vez, qué haría? ¿Volvería a ser el único testigo? ¿A buscar donde enterrar el cuerpo sin que nadie lo supiera? ¿A negarle al vecino haber visto el gato? ¿A guardarse otra vez otro secreto enterrado? La piedra alcanzo la cabeza del gato entre los ojos y se escuchó un maullido furioso y sorprendido. El gato dio un brinco y emprendió carrera, asustado, adolorido, pero vivo. Esta vez la desdicha, la preocupación, y el arrepentimiento se diluyeron gradualmente en una alegría descolorida. El gato estaba vivo, el hombre respiró aliviado.

The Room

She put her hair up in a ponytail. It was cleaning day and she was ready. The broom, the mop, the bucket, the cloth, the all-purpose cleaner...