Last night I summoned the demon with my voice.
He answered this morning by Whatsapp.
Tuesday, 22 October 2019
Friday, 22 February 2019
Único
Llevaba
una moneda de 50 en el bolsillo, de las nuevas, de esas pequeñitas que no
sirven para nada pero son bonitas porque son plateadas y llevan un osito que se
ve tierno. Se la había encontrado por la calle y aunque sabía que recogerla implicaba
más esfuerzo que lo que podría hacer con ella, le pareció un acto de maldad
dejarla allí tirada. Se la metió al bolsillo de la chaqueta y la dejó allí
olvidada, de tal manera que cada vez que volvía a usar la chaqueta, cuando
metía su mano derecha, encontraba la diminuta moneda, y con sus dedos jugaba
con ella dentro del bolsillo mientras caminaba. Esa mañana se había puesto la
chaqueta, así que llevaba la moneda entre el bolsillo, y con la yema de sus
dedos jugaba con ella. Caminaba con muchas ideas en la cabeza pero sin nada
claro. Pensaba en si había sacado las llaves, en si habría visto todos los mensajes
en el celular, en que llegaría temprano a su trabajo y eso le permitiría
resolver ese problema que tenía pendiente desde hace rato, en su amante, en la
última vez que estuvieron juntos, en el e-mail que debía escribirle a su jefe,
en el correo que le había enviado el idiota del 4 piso, en qué compraría de
almuerzo porque hoy no había preparado nada, en que en la esquina tal vez se
encontraría con el indigente a quien regularmente le daba algunas monedas. Sería
muy miserable darle a ese hombre la moneda de 50. Tan poco era su valor que incluso
regalarla parecería un insulto, además ya era un valor agregado de la chaqueta,
venía con un juguete con el que entretener los dedos mientras pensaba al
caminar. Seguía caminando y llegó al semáforo, estaba en rojo así que se paró a
esperar mientras veía con disgusto como la gente se iba acumulando al lado suyo
y al otro lado de la calle esperando el cruce que parecía tardar eternidades.
Trató de no darle importancia y enfocó su atención en la sensación que la
pequeña moneda le producía en la yema de los dedos. Cambió el semáforo, puso el
pie en la calle y miro desafiante a los que venían en contra para anunciarles
que no se atravesaran en su camino, parecieron entender el mensaje. Avanzó un
par de pasos y podría decirse que estaba en mitad de la calle cuando sintió que
alguien desde atrás chocaba con todo su lado derecho, como si viniera apresurado
y distraído y no le hubiera visto caminar. ¡Imbécil! pensó de inmediato con
molestia al sentir el choque, pero la persona que pasó a su lado se giró un
poco sin dejar de caminar y sin emoción alguna pero tratando de sonar conmovida
dijo “disculpe” y siguió de largo. No tuvo tiempo de decir nada y tampoco quiso
hacerlo pues no era nada que no pasara todo el tiempo. Vio como ese alguien
desconocido y a quien seguramente no volvería a encontrarse nunca en la vida se
alejaba apresurado. Se percató de pronto que instintivamente, por la fuerza de
la inerte costumbre, había seguido caminando. El percance no había sido ni siquiera
suficiente pare detenerse y cuando pensó en ese alguien desconocido que se alejaba
ya había terminado de cruzar la calle y se había plantado al borde del anden a
la espera de que cambiará el otro semáforo que debía cruzar para continuar su
camino. También entonces se percató que con el tropiezo había sacado su mano
del bolsillo y ahora estaba allí colgando a su lado derecho. Con la misma inercia
de la costumbre metió la mano entre el bolsillo de la chaqueta y encontró la
moneda.
Monday, 18 February 2019
Dos
No creo en dios - pensaba ella para si misma mientras caminaba por la calle - o mejor dicho creo en todos los dioses, creo que existen en la medida que nosotros los hemos creados, son todo un conjunto de existencias colectivas en la mente de las personas. Ideas de seres que investidos de cualidades que los humanos no poseemos, se suponen reales e irreconocibles por estar más allá de nuestras habilidades de comprender el mundo. Ideas de seres embebidos incluso de la capacidad de ser los creadores de todo y sobre todo de la realidad en la que ciertamente nos encontramos. Como si la complejidad de todo cuanto verdaderamente es no nos fuera suficiente en nuestra inmadura e ínfima conciencia. Siendo los dioses solo ideas pienso que su existencia y su poder están limitados por nosotros mismos. Tienen poder solo en la medida que nosotros se lo damos, tienen poder y solo el poder que nosotros les asignamos en nuestra mente. El poder de, como ideas, influir en nuestras decisiones, nuestros juicios, nuestros actos, el mismo poder que tiene cualquier otra idea a la que nos aferramos, como la libertad o la justicia. Que finalmente el poder es solo eso, las restricciones que nos imponemos a nosotros mismos escudadas en asumir y aceptar la existencia de supuestas leyes universales, la elección consciente o inconsciente de premisas absolutas a las que les otorgamos el permiso de influir en quienes somos. Y así, tienen sobre nosotros los dioses el efecto que les hemos asignado que tengan. Por tanto en ningún dios creo porque a ninguno le he otorgado más valor que el que tienen ideas mucho menos célebres como los duendes de los cuentos de hadas, o los animales que hablan en las fábulas. Dios no tengo - Seguía pensando para ella misma mientras caminaba distraída -. En cambio, bajo esta misma idea he creado para mí un guardián único que me protege. La idea de un ser que se mueve más allá de cualquier ley termodinámica, lejos de cualquier lógica o sentido físico, una criatura que mientras yo estoy bien se mantiene agazapada y descolorida, frágil y casi durmiente, pero que en cuanto me debilito, física o mentalmente, tanto más se hace ella fuerte y sabia, algo o quizá alguien que está más viva entre más cerca me encuentro yo de la muerte...
Un movimiento inesperado la sustrajo de sus pensamientos, dos hombres la abordaron para robarla. Ella reaccionó tratando de huir, pero uno de los hombres se sobresaltó y le asentó un golpe en la cabeza que la hizo perder el sentido. Un hilo de sangre empezaba a derramarse.
Se desplomaba y su sombra, que hasta ahora era apenas perceptible, se fue tornando cada vez más oscura hasta parecer que se levantaba sobre el cemento. Cayó y al chocar contra el suelo se escuchó un sonido agudo que fue tomando fuerza y fue haciéndose tan grave como el rugido de las bestias enloquecidas en las noches de luna. Ese mismo rugido pareció cobrar forma en el aire y una criatura enorme, desproporcionada y oscura se posó con firmeza frente a ella. El aire se enrareció hasta parecer venenoso, y más allá de ella y de los dos hombres que la atacaron no podía verse nada, como si una niebla viscosa e impenetrable los separa de la realidad. El miedo fue subiendo por las piernas de los dos hombres como un enjambre de insectos a punto de devorarlos, y el sonido del rugido los ensordeció hasta hacerlos sangrar por los oídos. Se quedaron inmóviles, petrificados ante la visión de ese ser que con su sola presencia les arrebata el aliento, la paz eterna, la tranquilidad de todos los rincones de su mente en todos los tiempos y, si hubiese tal, les desgarraba lenta, dolorosa e irremediablemente el alma hasta la inexistencia. Uno de ellos intentó dar un paso mientras apretaba los puños para darse ánimos. El guardian levantó su descomunal brazo izquierdo que se tornó de roca maciza y se descargo sobre la cara del ladrón que cayó al piso con un quejido corto mientras la sangre corría desde lo que había sido su rostro hacia el suelo. El otro hombre, aterrorizado, se dio media vuelta para huir solo para encontrarse de frente con la criatura que, sin un rostro o siquiera un material definido, empuñaba un brazo de fuego azul que lo golpeo con fuerza en el pecho y le descargo la energía de diez rayos aniquilando su corazón y quemando todos sus nervios. Apenas si tuvo tiempo antes de morir, para ver como la realidad se aclaraba mientras que la niebla se desvanecía y el guardian pasaba a su lado para volver con el paso firme que tendría un volcán a la sombra de su dueña que empezaba a despertarse.
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The Room
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