El
microsegundo en el que se dio cuenta que la pequeña piedra daría en el blanco
pareció una eternidad que se fue llenando del arrepentimiento de haber
acertado. Ese efímero instante lo transporto a un secreto remoto, silencioso y
enterrado. Tendría tal vez unos doce o trece años y por tanto ya lo dejaban
quedarse solo en la casa. Así se sentía dueño y responsable de la pequeña finca
y de todo lo que había en ella: las cabras en el corral, el cabro en su corral
propio, los árboles de ciruela, de cereza, de durazno, y la huerta con sus
papayuelas, peras, brevas, moras, zanahorias, curubas, y el tomillo. Al tomillo
lo habían plantado hacía poco en esos surcos de la tierra negra y fértil de la
sabana y era por ahora el cultivo más novedoso y apreciado de la casa. Con la
tierra removida era también el lugar más apreciado por los pollos y gallinas
del vecindario que venían a escarbar buscando insectos y gusanos. Esa tarde el
niño vio desde la ventana como los pollos estaban otra vez allí revolcando la
tierra y dañando el tomillo y no dudo en salir a espantarlos. El camino de
entrada a la casa estaba hecho de gravilla y no costaba nada levantar un
guijarro y lanzárselo a los pollos para asustarlos. En un santiamén el niño
levanto una piedra, apunto a cualquier pollo y la dejo ir. Mientras la veía
volar por el aire los acontecimientos se iban grabando para siempre en su
memoria: la mano que soltaba la piedra, el pollo con la cabeza clavada en el
suelo, la incrédula alegría que iba creciendo a medida que la piedra parecía
aproximarse a su objetivo, el pollo que tarde se da cuenta de que algo se
aproxima, la cabeza del pollo que se levanta del suelo, el destino de la piedra
– que como con Goliat – se encuentra irremediablemente con la cabeza, y el
reemplazo gradual e instantáneo de la alegría por la desdicha, la preocupación,
y el arrepentimiento. El pollo cayó muerto y en vez de héroe el niño era ahora
un villano. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer? Su imaginación empezó a llenarse de la
angustia de las consecuencias de haber matado el pollo de algún vecino. Le
pareció escuchar el regaño intenso y desproporcionado de su padre y la tusa que
le daría. Como seguro para los adultos eso no sería suficiente también habría
regaño por parte de su madre, y habría que buscar al dueño del pollo, entregar
el cadáver, ofrecer disculpas, pedir perdón, intentar en vano explicarse. Todo
porque el estúpido pollo levantó la cabeza justo a tiempo para encontrarse con
la piedra. Y ahora él era el único testigo, el criminal, y el afectado. ¿Qué
hacer? Algo había que hacer ¿Cómo no? si finalmente él era el único testigo,
nadie más había visto nada. Como en cualquier otro crimen había que eliminar la
evidencia, rápido. Se acordó del cabro y de que tenía que limpiarle el corral
de los restos de pasto y de sus excrementos y que esos había que enterrarlos en
el hueco. A ése mismo hueco fue a parar el cuerpo del pollo y nunca antes había
quedado el corral del cabro tan bien limpio. Nadie – pensó el niño – nadie va a
escarbar en los excrementos del cabro, tendría que ser muy de malas. Y desde
entonces hasta ahora solo él supo, guardó silencio. De la piedra no se supo
nada, ya habrá de encontrarse infortunadamente con otra cabeza. Ese secreto
remoto, silencioso y enterrado se le vino todo completo en el efímero instante
en que se dio cuenta que la pequeña piedra – otra vez – daría en el blanco. Está
vez en la cabeza del gato que se cagaba en el jardín de la cabaña y al que otra vez
solo quería espantar sin hacerle daño. Esta vez no hubo sombra de alegría – ya conocía
la experiencia – sino de una vez la sensación horrible de preocupación y
arrepentimiento mientras veía la piedra volar por el aire. Antes de que
sucediera se vio otra vez, ahora un hombre, hecho un villano y tuvo tiempo de
lamentar haber siquiera levantado la piedra. ¿Qué haría? ¿Esta vez, qué
haría? ¿Volvería a ser el único testigo? ¿A buscar donde enterrar el cuerpo sin
que nadie lo supiera? ¿A negarle al vecino haber visto el gato? ¿A guardarse otra
vez otro secreto enterrado? La piedra alcanzo la cabeza del gato entre los ojos
y se escuchó un maullido furioso y sorprendido. El gato dio un brinco y
emprendió carrera, asustado, adolorido, pero vivo. Esta vez la desdicha, la
preocupación, y el arrepentimiento se diluyeron gradualmente en una alegría
descolorida. El gato estaba vivo, el hombre respiró aliviado.
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