La moneda espera en la oscuridad efímera de la caja, donde vino a parar con el anterior pago y la mano experta de la cajera que la recibe, la mira, abre la caja, y la deposita en el compartimento adecuado que le corresponde a las monedas de la denominación correspondiente, allí fue a parar la moneda que espera.
La mujer camina de la mesa hasta la barra, con una intención ambigua de ser clara al querer tomar algo pero oscura de no saber qué querer tomar, revisa el menú, pregunta a la cajera que espera, revisa, y después de evaluar las posibilidades pide lo mismo de siempre, sin sorpresa, saca la billetera, un billete, paga, la cajera hace la cuenta en su cabeza y la confirma en la caja, abre la caja, la esculca con sus dedos expertos, y saca la moneda que espera, se la da a la mujer como cambio.
La mujer la recibe con la mano extendida, la empuña, regresa hacia la mesa, saca el monedero en el que guarda las monedas y guarda la moneda allí, se sienta a esperar su bebida, la moneda espera en la oscuridad efímera del monedero.
Pasan los días.
La cajera sale de su casa, camina hasta la tienda de la esquina, sabe exactamente para lo que le alcanza el billete, toma un paquete, una botella, una libra, va hasta la caja donde el cajero de la tienda espera, nadie más en la tienda, la cajera pone las cosas sobre la barra, saca una bolsa, el cajero registra cada cosa, las pone en la bolsa, anuncia el total, recibe el billete, abre la caja, saca la moneda, se la da a la cajera como cambio, se despide de la cajera.
La cajera recibe el cambio, lo revisa, mira a la moneda, conoce su valor, la guarda en el bolsillo del saco, vuelve a su casa.
Ninguna de las dos mujeres se dio cuenta, ninguna supo, que después de darle una vuelta a la ciudad entre bolsillos, monederos, bolsos, cajas, de una mano a otra, no supieron las dos que era la misma moneda. Pero nosotros sabemos.
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