Friday, 2 September 2022
El reflejo claro de la oscuridad del lago en la superficie serena de la luna
Thursday, 30 June 2022
Al filo del aroma
Wednesday, 17 March 2021
Conversación en la mañana
Monday, 4 January 2021
El silencio de Sinagoda
Thursday, 20 August 2020
Tarabita
El 10 de agosto a las 21:10 horas un sonido hueco y grave anunciando el quiebre de un corazón se esparció desde las escaleras hasta el resto del edificio como un sismo localizado que anunciaba cataclismos. El dueño del corazón se arrastró por las escaleras usando su mano izquierda para empujarse por las barandas mientras trataba de sostener en la mano derecha los trozos del corazón que se desboronaba. Los pequeños fragmentos iban deslizándose con sus bordes afilados mientras rasgaban la cavidad del pecho y caían pálidos hacia la mano que pretendía sostenerlos. En medio del derrumbe la identidad del corazón se hizo añicos y el latido unísono que lo acompañaba se hizo arrítmico y desordenado. La distancia entre cada trozo generaba una tensión inmaculada que cortaba el aire y dificultaba la respiración del dueño. La lentitud con la que un corazón roto se contrae y se expande hacen que la circulación se torne dificultosa y como consecuencia, se le helaron las manos y la espina dorsal. Las piernas le flaquearon y los músculos empezaron a temblar en pequeños espasmos tratando de compensar la perdida de temperatura. No le alcanzo la vida sino para arrastrarse escaleras abajo y buscar a tientas la puerta de su cuarto, el borde de su cama, el interior de las cobijas. Una vez adentro y ante el reconocimiento atónito del corazón destruido, le falló el cerebro. Las ideas se atropellaron contra el cráneo y el líquido cefalorraquídeo se hizo espeso. Las ilusiones se desvanecieron de súbito y todos los futuros se le hicieron delgados e improbables. Las neuronas crujieron replicando el sonido del corazón que se rompía y esa distancia falsa entre el corazón y el cerebro se hizo nula, ambos cayeron. No habiendo orden ni sentido en la cabeza el único mecanismo disponible para atender la emergencia se hizo presente, vinieron el llanto y la tristeza, y unas lagrimas gruesas empezaron a inundar las almohadas. El llanto vino acompañado de unos quejidos graves casi inaudibles que permitían restauran en el cerebro las sinapsis. Luego de ese dolor truncado e inmediato que se crea cuando un cerebro y un corazón se rompen vino el dolor real, el permanente. El dolor en los ojos, en los oídos; el dolor cóncavo del pecho vacío; el dolor agudo en la contracción del músculo; el dolor inundado en las mejillas; el dolor seco y sediento atrás en el cráneo; el dolor opresivo del diafragma en los pulmones; el dolor comprimido entre las vertebras; el dolor de la presión de todo lo que está inchado y supura. Así, el dueño del corazón derruido atravesó las tinieblas de la noche, temblando y agónico, escupiendo trozos de recuerdo y vomitando bilis. Con tanto destrozo no habría habido nadie que tendría apetito. El desayuno le supo a ceniza, el almuerzo a oxido, la cena a aceite. No era la primera vez que sufría de esa enfermedad hemorrágica y gangrenante que es el desamor. En medio de los delirios y los sudores sabía que tal vez lograría, una vez más, recuperarse, pero parte de los síntomas de dicha enfermedad es no tener certezas, y siempre estaba el riesgo de quedar lisiado para siempre. Los centros del cerebro se han reunido y han empezado a organizar las operaciones para contener los daños y las multiples cirugías para reconstruir el músculo que por fortuna todavía late. El dueño que, catatónico, aún respira, se encuentra en cuidados intensivos y el pronóstico es reservado. Hay riesgo de muerte cerebral y de fallo multisistémico cada vez que recuerda sus palabras - Que gracias - dijo ella.
Thursday, 12 March 2020
Ultimas palabras
Tuesday, 22 October 2019
The Room
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