Friday, 22 February 2019
Único
Llevaba
una moneda de 50 en el bolsillo, de las nuevas, de esas pequeñitas que no
sirven para nada pero son bonitas porque son plateadas y llevan un osito que se
ve tierno. Se la había encontrado por la calle y aunque sabía que recogerla implicaba
más esfuerzo que lo que podría hacer con ella, le pareció un acto de maldad
dejarla allí tirada. Se la metió al bolsillo de la chaqueta y la dejó allí
olvidada, de tal manera que cada vez que volvía a usar la chaqueta, cuando
metía su mano derecha, encontraba la diminuta moneda, y con sus dedos jugaba
con ella dentro del bolsillo mientras caminaba. Esa mañana se había puesto la
chaqueta, así que llevaba la moneda entre el bolsillo, y con la yema de sus
dedos jugaba con ella. Caminaba con muchas ideas en la cabeza pero sin nada
claro. Pensaba en si había sacado las llaves, en si habría visto todos los mensajes
en el celular, en que llegaría temprano a su trabajo y eso le permitiría
resolver ese problema que tenía pendiente desde hace rato, en su amante, en la
última vez que estuvieron juntos, en el e-mail que debía escribirle a su jefe,
en el correo que le había enviado el idiota del 4 piso, en qué compraría de
almuerzo porque hoy no había preparado nada, en que en la esquina tal vez se
encontraría con el indigente a quien regularmente le daba algunas monedas. Sería
muy miserable darle a ese hombre la moneda de 50. Tan poco era su valor que incluso
regalarla parecería un insulto, además ya era un valor agregado de la chaqueta,
venía con un juguete con el que entretener los dedos mientras pensaba al
caminar. Seguía caminando y llegó al semáforo, estaba en rojo así que se paró a
esperar mientras veía con disgusto como la gente se iba acumulando al lado suyo
y al otro lado de la calle esperando el cruce que parecía tardar eternidades.
Trató de no darle importancia y enfocó su atención en la sensación que la
pequeña moneda le producía en la yema de los dedos. Cambió el semáforo, puso el
pie en la calle y miro desafiante a los que venían en contra para anunciarles
que no se atravesaran en su camino, parecieron entender el mensaje. Avanzó un
par de pasos y podría decirse que estaba en mitad de la calle cuando sintió que
alguien desde atrás chocaba con todo su lado derecho, como si viniera apresurado
y distraído y no le hubiera visto caminar. ¡Imbécil! pensó de inmediato con
molestia al sentir el choque, pero la persona que pasó a su lado se giró un
poco sin dejar de caminar y sin emoción alguna pero tratando de sonar conmovida
dijo “disculpe” y siguió de largo. No tuvo tiempo de decir nada y tampoco quiso
hacerlo pues no era nada que no pasara todo el tiempo. Vio como ese alguien
desconocido y a quien seguramente no volvería a encontrarse nunca en la vida se
alejaba apresurado. Se percató de pronto que instintivamente, por la fuerza de
la inerte costumbre, había seguido caminando. El percance no había sido ni siquiera
suficiente pare detenerse y cuando pensó en ese alguien desconocido que se alejaba
ya había terminado de cruzar la calle y se había plantado al borde del anden a
la espera de que cambiará el otro semáforo que debía cruzar para continuar su
camino. También entonces se percató que con el tropiezo había sacado su mano
del bolsillo y ahora estaba allí colgando a su lado derecho. Con la misma inercia
de la costumbre metió la mano entre el bolsillo de la chaqueta y encontró la
moneda.
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