Tuesday, 16 April 2024

El camino de la bruja

No vayas donde tu hermana - le advirtió el oráculo - no volverás viva.
La mirada húmeda de la bruja se alejó del espejo de agua que le hablaba. ¡Cómo si tuviera alguna alternativa! Pensó mientras se alejaba lentamente del lago que se desvanecía en los rincones oscuros de lo inexistente y sin embargo posible. Los delicados hilos que forman la intrincada red de la realidad se han ido tejido desde el principio del principio y aún ante la certeza del libre albedrío todos lo hilos están atados y halan con fuerza. La decisión ante cualquier pequeña o grande decisión es siempre la misma: seguir siendo una misma o ser otra. La otra que no se elije no existió nunca. Tenía el paso cansado y la boca seca, sabía lo que le esperaba al otro lado de la montaña. En ese rincón inmundo que es el mundo los humanos respiran miedo y supuran rabia. Ella misma sabe desde la raíz que no hay forma alguna de ser inocente. Tiene claro que la culpa no es esa culpa cristiana de la que un dios inexistente puede absolverle. La "culpa", la "desventaja", el "privilegio" son solo otro rasgo inseparable de estar vivo aquí y ahora. Sabe cada culpa de las suyas propias. Sabe de las que se ha hecho cargo y de las que tal vez deberá enfrentar luego. Los sueños premonitorios han sido mucho más claros que la voz del oráculo. ¡Valiente Oráculo! mascullo para ella misma ¡Hubiera dicho algo nuevo! Ya sabía. Pero saber es parte de la culpa. Y culpable era. Cuando emprendió la marcha se vio a si misma andar el camino. Vio cada curva, cada quebrada, los colores oscuros del bosque en la montaña, el frío anestésico del páramo en la mañana. Se vio caminar por horas largas cargadas de pensamientos masticados y escupidos, empapadas de la selección minuciosa de las palabras concretas que deberían ser dichas cuando llegara. Se vio elegir cada una y ponerlas en el orden correspondiente para que fueran claras pero amables, seguras pero abiertas. Se vio a si misma satisfecha de elegir las frases que le serían más adecuadas. Apenas unos pasos llevaba cuando se vio a si misma unos días más tarde reírse ante la certeza explicita de que sus palabras, sin importar el detalle y el cuidado con el que fueron elegidas, serían inútiles. Y vio en su rostro las arrugas que se le formaban en la frente tratando de pasarse el trago amargo de saber que hacer lo debido la conducía siempre al mismo desatino. Cuando el sol empezaba a desaparecer en el horizonte y el lugar donde había estado el lago apenas empezaba a perderse en la distancia, la bruja seguía dibujando en su cabeza la secuencia exacta e ininterrumpida de lo que haría los días siguientes. Se vio llegar a la ciudad el amanecer del cuarto día, mientras lo perros callejeros se peleaban por un trozo de tela ensangrentado y la panadera le ofrecía un vaso de agua al verla descalza y sucia tras el viaje. Siguió su paso entre las calles empedraras y las casas pintadas de colores tratando de ocultar los estragos de la guerra. Escuchó las voces de los borrachos amanecidos que aún cantaban en los bares iluminados, y el llanto de los chiquillos que se despertaban a deshoras arrancando del sueño a sus padres cansados. Vio a la luz del sol irse alzando desde ese blanco suave y brumoso casi frío, hasta ese amarillo lineal, intenso y ardiente. Se vio extender la mano huesuda para tocar en la puerta que se abriría para dejarla pasar. Escucho a lo lejos la voz de su hermana llamarla por el nombre por el que ella ya no respondía, y por enésima vez sintió esa voluntad casi inhumana de no responderle y largarse sin decir lo que tenía que decir. Pero sabía que lo tenía que decir, y se escucho así misma imponerse la calma ayudándose de una respiración profunda y resignada. Cuando había andado suficiente ese día busco un árbol grande no muy lejos del camino para descansar la marcha, se dejó caer de un solo golpe ante la base de las raíces del gran árbol y abrazo su bastón de madera hasta quedarse dormida, mientras seguía repasando en la cabeza los eventos a los que acudiría en unos cuantos días. Siguió con cuidado y con los ojos cerrados la conversación con su hermana, la voz de ella elevándose cada vez más hasta que los oídos dolieran, el desacuerdo permanente y ubicuo, le negativa repetida una y otra vez hasta el cansancio, la solicitud de convocar a los otros miembros del consejo, las preparaciones para que vinieran, la espera silenciosa mientras los mensajes les llegaban, el golpe en la puerta del palacio tras la llegada de cada uno. Se quedó dormida. La mañana del día siguiente, tal cual la había imaginado el día anterior, era tibia y húmeda. Todavía había camino antes de subir la montaña. Revolcó el interior de su mochila buscando alguna cosa que comer y encontró un pedazo de algo que se metió en la boca sin pensar demasiado. En cambio, llevo su mente a esos días más tarde cuando el consejo reunido la escuchaban. Levantó su voz hasta ese tono fuerte en que todos podían escucharla pero no suficiente para que se entendiera más allá de la puerta cerrada. Trajo en el orden preciso en que las había elegido las frases exactas que días antes por el camino había organizado. Escucho al principio los murmullos incrédulos de los ministros, sintió luego la discusión creciente ante su "fuimos nosotros", y finalmente las voces airadas y ensordecidas ante su "debemos admitirlo". Los miro, desde el camino, uno por uno, una por una, primero sentados en sus sillas en el cuarto enorme de la reunión de los altos ministros, levantándose luego de sus sillas ante la discusión de la que ella ya no hacía parte, y vio a su hermana al final de la mesa tratando de calmarlos, pidiendo orden, tratando de aminorar las palabras de la bruja, de convencerlos de que no era necesario. El sol pasaba ya hacia la tarde y entre ir y venir entre los días futuros y el momento presente iba eligiendo las palabras que diría y en cómo esta sí y esta no, mientras al mismo tiempo veía a los ministros pedirle que dejara la cámara y confirmaba en el rostro triste y seguro de su hermana el veredicto. ¡Valiente Oráculo que no dijo nada nuevo! Se acordó del día anterior y de la larga búsqueda de la que había hecho parte para poder encontrar al oráculo que debía haberle dado una opción diferente, alguna buena noticia, como si fuera tarea de los oráculos alimentar la esperanza. Bueno - balbuceo - también que culpa el Oráculo... ya sabíamos. Alguna otra cosa minúscula habría de comer entre su mochila, y añoró el vaso de agua y la hogaza de pan que la panadera le daría dos días más tarde cuando llegara de madrugada a la ciudad. En cambio no se le antojo para nada el banquete que su hermana la ministra le hizo preparar la noche antes, con esa idea suya de que gastar era suficiente para limpiar el alma. Vio la tristeza de su hermana perseguirla entre las palabras que le decía mientras la bruja escuchándola en silencio cortaba un pedazo de ese pollo que olía delicioso pero que presagiaba la hoguera. Le vio la confusión en los ojos que solo querían lo mejor para ella pero que no podían ver ni entender lo mismo que los ojos de la bruja, y le vio la resignación aguda ante la impotencia de no poder convencerla de que se retractara ante el consejo de los ministros verdugos. El pollo también tenía claro su destino, y la hogaza de pan siempre fue más amable. Se equivocó en pensar que le alcanzaría el día para llegar hasta la piedra aquella en la curva del camino detrás del árbol alto y encorvado. Habrá que apurar el paso mañana que no hay que llegar tarde a ese vaso de agua ni a la muerte, pensó. Aunque no le afanaban para nada los pasos de las ministras al entrar en el cuarto, ni sus voces sinceras preguntándole curiosas por el viaje y el oráculo, tratando ellas mismas de prever las minucias de la reunión que casi comenzaba. Tampoco la afanaban los pasos de las mismas ministras saliendo del cuarto indignadas y atormentadas, sin despedirla, y sin procurarle ningún otro pensamiento. Ellas también sabían. Entre las sombras de la noche iluminada encontró la piedra aquella detrás del árbol encorvado y alto en la curva del camino, y le dio la vuelta para acurrucarse detrás de ella y dormir un rato. Esa piedra, después de todo era más amiga suya que las mujeres y los hombres de la ciudad que primero le habían pedido encontrar una solución a la guerra y que ahora que la traía la acusarían de traidora y de bruja, como si no hubieran sabido desde siempre, desde cuando crecieron juntos, que bruja había sido siempre. Soñó otro de esos sueños premonitorios que ya habían sucedido o que sucederían luego, soñó con una mujer que no era ella pero era ella misma y que en un cuarto sin ventanas respondía "Siento que esto esté pasando. Yo también pienso que no debería ser tan importante. Quise decir que no estoy segura todavía que decisión tomar sobre lo que debería hacer yo misma." Y sintió el desánimo y la incertidumbre de esa mujer como las suyas propias. Pero sin terminar el sueño la esperaba la mañana del tercer día después del oráculo, y la mañana del sexto día después del oráculo, el último día. Se sacudió las rodillas, se subió la medias, se colgó la mochila y abrazó a su bastón de madera como si en el estuvieran guardados todos los buenos recuerdos y retomó el camino y el pensamiento. Se vio levantarse en la mañana del ultimo día para descubrir sin sorpresa alguna que la puerta de su cuarto estaba cerrada desde afuera y que este ya no era su cuarto en la casa de su hermana sino una prisión en el palacio de la primera ministra. Se vio buscar entre sus cosas que ya eran pocas, las pocas cosas que quería que la acompañaran en los últimos momentos, se trago de un solo bocado el anillo de plata, pero se tomo largos minutos para lamer el papel en el que antes había envuelto un chocolate. Supo que era la hora de llorar a quienes no volvería a ver y las lágrimas le empaparon las manos y la ropa. Toda su venganza consintió en limpiarse los mocos con las sabanas de la cama. Y se vio terminar los sollozos a tiempo para cuando los pobres soldados que solo seguían ordenes vinieron a buscarla. Entonces era la hora del almuerzo, pero ya entre su mochila no había migajas de nada que fuera comestible y sabía que debía dejar la envoltura del chocolate para luego. El frio anestésico del paramo era a esa hora más bien un frio quemante que le cuarteaba la piel de los labios y le blanqueaba las uñas, pero los colores eran de ensueño y juró que no olvidaría esos ojos azules ni el borde anaranjado de las hojas de los frailejones. Sintió que las piernas le fallaban, como sabía que le fallarían tres días más tarde de camino hacia la plaza. Se vio a si misma maldecir en diferentes lenguas mientras avanzaba arrastrada por los cuatro soldados que la custodiaban en silencio. Pensó en qué maldiciones usaría, después de todo era una bruja y era necesario completar el rito. "Que a este se le caigan los botones de la camisa" pero en Sigiba, "Que a este se le olvide donde dejó las llaves" pero en Ocroli, "Que a ese le pique donde no pueda rascarse" pero en Igliño. El idioma que haya que usar para no revelar el misterio, pensó mientras se burlaba estúpidamente de la benevolencia de sus maldiciones inútiles pero necesarias. Apuraba el paso en el camino que atravesaba el bosque de colores oscuros en la montaña. Se asusto un poco y se lleno de tristeza cuando se vio a si misma gritar delante de la hoguera que ya estaba lista "fuimos nosotros, podemos corregirlo", y se echó a reír ante la inutilidad des sus palabras. Escucho como entre las casas algunos quienes obedientes le ofrecían unos gritos cortos de acuerdo y compasión pero sin persistencia. En cambio no vio ni a su hermana, ni a los ministros, ni a las ministras que ya estaban entonces reunidos buscando algún otro para que fuera en busca de un nuevo oráculo que los salvara de la guerra. No se sorprendió, ya lo sabía, los ministros respirando miedo y supurando rabia no asisten a presenciar la hoguera. Se encontró con la noche a la salida del bosque y a lo lejos vio las luces de la ciudad que se iban encendiendo. Se detuvo allí sin darse cuenta y se le estremeció la piel como se le estremecería dos días más tarde al sentir las primeras brazas de la hoguera. Quiso dar un paso más pero no pudo. La tranquilidad y la belleza que le llegaban del bosque y de los campos extendidos hasta la ciudad la abrigaban con cariño. Sintió cómo el estomago le crujía. Se acordó que ese día no había comido, y añoró más que nada la hogaza de pan y el envoltorio del chocolate. La bruja siguió su camino.

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The Room

She put her hair up in a ponytail. It was cleaning day and she was ready. The broom, the mop, the bucket, the cloth, the all-purpose cleaner...