Thursday, 30 June 2022

Al filo del aroma

Tengo clavado en el centro de la palma de la mano izquierda un haz de luz que la atraviesa. Está ahí incorpóreo, cálido, luminoso. No tiene voz ni futuro, no augura ni recuerda nada. Es puro instante sostenido. Es puro presente inagotado. Yo a veces desde lejos lo miro. No quiero reconocerle ni conversarle. Probablemente desaparecería sublimado. Tampoco es que quiera que se quede. En realidad ilumina poco y poco duele. Está atravesado en la palma de mi mano izquierda como un clavo, o una raíz, o una corazonada, no palpita, ni crece, ni se oxida, pero entra desde un lado de la mano y sale por el otro. Tiene la codicia de extenderse un poco hacia lo lejos pero se apaga antes de ser más largo que la misma mano. Es un haz de luz como cualquier otro y su fuente está a ambos lados. A la mano parece no importarle. En cambio, es a los ojos a los que perturba, como si fuera una advertencia obscena y rebosante, como si supieran los ojos que de acercarse el haz se abriría y les dejaría ver todo lo oscuro. No alumbra demasiado, no titila, ni resplandece, ni deambula, ni flaquea. Siendo solo un instante es siempre el mismo, no hay ningún cambio perceptible. Nace y termina en la mano que lo atraviesa y los bordes externos son solo uno que es el mismo. Que el haz falte a las leyes de la física conocida tiene poca importancia. El haz en si mismo importa poco, y dado que está en esta mano humana no durará demasiado. El universo pues, tal y como lo conocemos y como fue y como será sin nosotros, puede continuar tranquilo sin alterarse por la existencia surreal y efímera de un haz de luz infinito e inmutable atravesándome el centro del dorso de la mano izquierda. Los demás objetos parecen a salvo e imperturbados por su existencia. Aún cuando otra luz me llega hasta la mano, el haz y los rayos de la otra coexisten en el mismo tiempo y en el mismo espacio, ignorantes los unos del otro. Yo que estoy siempre inclinada al experimento los miro de reojo, no mucho tiempo. No quiero que el haz de luz cobre vida alguna o se haga más real o menos. Si desaparece será por si mismo. No invocaré ni a la sabiduría ni al conocimiento para ahuyentarlo o para retenerlo. Ya hice todo antes y no fue ni suficiente ni necesario. No lo alimento, no lo mato de hambre. Como ya dije procuro no prestarle demasiado cuidado. No lo miro muy de cerca ni por mucho tiempo. Si lo hiciera el haz tal vez podría tragarme, y yo probablemente aparecería al otro lado de otra mano que debe ser mía en la dimensión del otro lado de las cosas y los cuerpos, y quien sabe quien será la yo en esa otra dimensión por mí nada conocida. No quiero. No hay razones para arriesgarse al desamparo. Tampoco estoy segura de querer que desaparezca, el haz de luz no me reconforta ni me alimenta, su calor no es diferente al mío, no me atormenta. No me causa tampoco ninguna curiosidad, ya lo conozco, es un haz de luz, se dónde comienza y donde termina, ya no le temo. Tal vez, diría, estoy acostumbrada a su presencia, y como tal lo ignoro y lo minimizo. Sé que no ha estado ahí siempre y tengo el presentimiento de que no durará demasiado. Temo más bien extrañarlo si desapareciera, me dan preocupaciones chiquitas y cortas de que ya no estuviera. A veces creo que ni siquiera me daré cuenta. Que un día en un momento cualquiera en la mano no veré el haz de luz atravesado y no sabré cuándo y cómo se habrá ido, incluso más dudaré de su existencia. No podré saber si fue un invento mío, un sueño, una idea, un cuento para ser escrito, un amor olvidado, un futuro no cumplido. El haz de luz no estará y yo luego de dudar si faltaba algo en el centro del dorso de la mano izquierda la miraré de cerca, cerraré y abriré la mano un par de veces y luego de comprobar que no hay nada raro, ocupada en los quehaceres cotidianos que constituyen la vida volveré a lo mío, resumiré mi existencia ¿El haz? ¿Cuál haz? ¿Acaso ha existido? Mientras tanto mantengo la mano izquierda lejos de mi vista, en la periferia, porque el haz eterno y explicito sigue ahí en el silencio. A veces quisiera imaginar finales apoteósicos y extraordinarios para el haz de luz aburrido, tal vez debería... no, no, mejor no digamos ni imaginemos. No le demos al haz alternativas, ni sugerencias, ni consejos. Su existencia al fin y al cabo nada tiene que ver conmigo. No ha de ser casualidad que esté en mi mano, pero la probabilidad de que no estuviera es la misma. La otra mano, la derecha, escribe un tanto conmocionada de que a pesar de ignorar conscientemente y esforzadamente al haz de luz esté dedicándole todas estas letras. Sabemos ella y yo que hay algo de por medio.

Wednesday, 17 March 2021

Conversación en la mañana

Estamos enfermos. - Dijo Tókero mientras caminaban en la enrojecida tierra. -
¿ah? - Respondió Garatol
Estamos enfermos ¡Enfermos!
Ahhh, otra vez con eso Tóke, si que exageras. - Dijo Garatol dando unos saltos animados. -
Pero es que ¿no te parece?
¡Claro que no! Que cosa contigo. Todos los días es lo mismo, todos los días te quejas de nuestra suerte. Deberías estar agradecido y feliz de que vivimos, de que tenemos que comer. - Replicó Garatol abriendo los brazos para señalar el paisaje que se extendía ante ellos. - Esto es lo que hacemos, es lo que nos mantiene vivos. Enfermos baaa... si qué exageras.
Pero no éramos así antes...
¿Y qué? ¿Acaso eso significa que éramos mejores? No. Las cosas cambian, así es la vida. Solo seguimos adelante, eso es todo. Que ganas de darte demasiada importancia. Solo somos un grupo pequeño, un grupito de gente andando por la vida, hacemos lo que nos corresponde, aprovechamos las oportunidades, no nos metemos con los demás.
Pues de eso hablo Gara, tal vez deberíamos meternos con los demás, tratar de hablar con ellos, propiciar el diálogo, buscar puntos en común, ayudarnos.
¡Jajajaja! ¿ayudarnos? jajajaja.
Si, ayudarnos.
Tóke, Tókero ¿Te hizo daño el desayuno? 
Estoy hablando en serio Gara.
Yo también hablo en serio Tókero. ¿Qué es lo que esperas? ¿Formar una compañía? ¿Unificar el mundo? ¿Qué todos, t o d o s, vivamos tranquilos y felices para siempre?
Yo... yo solo... hubiera querido ser diferente, tener una oportunidad, comer otra cosa... 
Está bien Tóke, todos queremos otras cosas que no tenemos. Pero no por eso nos andamos torturando todos los días. Relájate, tómate algo, esta noche yo prepararé la cena. - Contestó Garatol levantando un brazo. -

Y así siguieron conversando mientras revisaban los cuerpos que habían dejado la batalla y el hambre, y les cortaban los pedazos buenos para llevárselos como comida.


Morning Talk

We are sick! – Said Tokero while walking on the reddened land. – 
ah? – Garatol replied. – 
We are sick, sick!
Ahhh, again with that Toke, you’re raving. – Said Garatol jumping pleased here and there. –
Don’t you think so?
Of course not!  What's it with you? Every day the same thing, every day you moan about our luck. You should be thankful and happy that we are alive, that we have food to eat. – Garatol answered opening his arms showing the landscape that was in front of them. – This is what we do, this is what keep us alive. Sick? Baagghhh, you´re just raving.
But we weren’t like this before…
And? Does that mean we were better? No! Things change, that’s how life is. We only move forward, that’s it. You are just mumbling: "oh, look at me, I’m so important!" We are just a small group of people, a tiny group of people going through life, we do what we must, we take the chances as they come, we don´t mess with others.
Well, that’s what I meant Gara, maybe we should mess with others, talk with others, open a channel, you know? look for a contact, help each other.
Hahahaha! Help each other! Hahahaha. Toke, Tokero, Was breakfast bad for you?
I’m serious Gara.
I’m very serious too Tokero. What’s what you want? Make an alliance? Unite the world? That everyone, e v e r y o n e, have a good and happy life forever after?
I… I only… I only wish all this to be different, have a chance, eat something different, you know?
That’s ok Toke. We all wish things we don’t have. But not because of that we are whining every day. Just relax, drink something, tonight I make dinner! – Replied Garatol raising an arm. – 

And their morning talk kept going while they check the corpses that the battle and famine had left, and cut the good pieces to take them as food.

Monday, 4 January 2021

El silencio de Sinagoda

Las mejores historias son las que no se cuentan. Repetía Sinagoda para sí misma. De las que nadie se entera además de los participantes. Esas que incluso pasan desapercibidas para ellos mismos y solo uno o dos espectadores afortunados tienen la dicha y la fortuna de observarlas. Las historias mejores son las que suceden sin que quede registro ninguno más que el sencillo recuerdo de una o dos almas incompletas que las ejecutan. Por eso a veces guarda silencio. Sinagoda habla demasiado. No la calla nadie. Siempre que está acompañada habla y habla y habla hasta cansarse. Habla para no dejarle tiempo al sentimiento o al agotador silencio que pregunta las cosas importantes. Sinagoda habla para no dejar que los otros sientan el vacío. El problema viene cuando Sinagoda calla, y sabe callarse bien las cosas que se quiere. Las demás las dice sin ton ni son ni importancia alguna. Incluso las cosas graves y pesadas. Sinagoda se las cuenta a los demás sin pena y también sin gloria ni tapujos. Incluso las cosas que podrían avergonzarte, Sinagoda las va contando por ahí sin rodeos. Pero una o dos cosas importantes Sinagoda no las dice. Y lo que ella calla no pasó nunca, nadie lo sabe, no hay testigos. En los ojos a veces se le ve una veta, y allí sabe una que algo se esconde, que Sinagoda habla para esconder secretos, que mide en toneladas las palabras que bota, pero que hay dos o tres palabras que pesa en oro y no dice nunca. Y los que las conocen también callan. Por compromiso, por miedo, por bondad, o por ultraje, nada dicen. A veces es más caro el silencio. A veces saber y no decir tiene más peso. A veces la culpa se la reparten varios y no hay dios que la disculpe. Por eso Sinagoda también se arrepiente. Tres o cuatro veces se arrepiente. Y esas cuatro o cinco le carcomen la vida. Pero así y todo Sinagoda habla para quedarse callada. Habla de más para decir de menos. Y entre una y otra cosa que cuenta ya no está segura de todo lo que dice, ni a quien, ni cuándo. Por eso a veces los amigos le escuchan más de una vez las mismas historias. También por eso es que a veces ella habla de algo como si los demás lo supieran cuando no lo han sabido nunca, y se sorprenden de escuchar por primera vez una historia asombrosa contada por Sinagoda como si fuera lo más corriente y cómo si todos anduvieran enterados, como si fuera una noticia pasada de moda cuando en verdad es un chisme fresco. Pero todos saben que las cosas que dice son cosas de siempre. Son cosas que son ella sin que sean ella misma y que por eso importan solo mientras se escuchan. Pero de lo que Sinagoda no dice, Ay cuánto dieran, cuánto quisieran preguntar los otros por lo que ella guarda. Pero boba no es, así que no se calla y dirige hábilmente la conversación hacia dónde le conviene, y sabe cambiar de tema como se cambia de ropa, sin mirar y sin agüero, y los demás ni siquiera lo notan. De tanto que habla los demás no saben ya que era lo que querían preguntarle. Sinagoda no se calla hasta que está sola.
Sola Sinagoda guarda silencio. No siempre, a veces usa su técnica consigo misma y se habla para no escucharse ni reconocerse las angustias y los misterios. Pero cuando está sola también se permite el silencio, y es ahí que bailan los demonios. Es ahí que se cuelan los fantasmas y las fotografías. Es por entre el silencio que se llenan los despojos de los ojos y los latidos nefastos que le consumen la vida. En silencio Sinagoda escribe palabras que no son suyas ni le pertenecen a nadie. Pero palabras que nombran a todos los conocidos y a cinco o seis desconocidos. Escribe Sinagoda para lavarse las tristezas y los amores mal habidos. Pero más allá de la letra, todavía en el silencio, están las cosas que forman la veta en los ojos de ella. Las que no nombra ni escribe ni pronuncia. Las que le tejen lentamente un nudo de células en la garganta y prometen dejarla sin voz y con seis meses de vida. Sinagoda calla porque las mejores historias son las que no le cuenta a nadie, las que se come, las que respira.

Thursday, 20 August 2020

Tarabita

El 10 de agosto a las 21:10 horas un sonido hueco y grave anunciando el quiebre de un corazón se esparció desde las escaleras hasta el resto del edificio como un sismo localizado que anunciaba cataclismos. El dueño del corazón se arrastró por las escaleras usando su mano izquierda para empujarse por las barandas mientras trataba de sostener en la mano derecha los trozos del corazón que se desboronaba. Los pequeños fragmentos iban deslizándose con sus bordes afilados mientras rasgaban la cavidad del pecho y caían pálidos hacia la mano que pretendía sostenerlos. En medio del derrumbe la identidad del corazón se hizo añicos y el latido unísono que lo acompañaba se hizo arrítmico y desordenado. La distancia entre cada trozo generaba una tensión inmaculada que cortaba el aire y dificultaba la respiración del dueño. La lentitud con la que un corazón roto se contrae y se expande hacen que la circulación se torne dificultosa y como consecuencia, se le helaron las manos y la espina dorsal. Las piernas le flaquearon y los músculos empezaron a temblar en pequeños espasmos tratando de compensar la perdida de temperatura. No le alcanzo la vida sino para arrastrarse escaleras abajo y buscar a tientas la puerta de su cuarto, el borde de su cama, el interior de las cobijas. Una vez adentro y ante el reconocimiento atónito del corazón destruido, le falló el cerebro. Las ideas se atropellaron contra el cráneo y el líquido cefalorraquídeo se hizo espeso. Las ilusiones se desvanecieron de súbito y todos los futuros se le hicieron delgados e improbables. Las neuronas crujieron replicando el sonido del corazón que se rompía y esa distancia falsa entre el corazón y el cerebro se hizo nula, ambos cayeron. No habiendo orden ni sentido en la cabeza el único mecanismo disponible para atender la emergencia se hizo presente, vinieron el llanto y la tristeza, y unas lagrimas gruesas empezaron a inundar las almohadas. El llanto vino acompañado de unos quejidos graves casi inaudibles que permitían restauran en el cerebro las sinapsis. Luego de ese dolor truncado e inmediato que se crea cuando un cerebro y un corazón se rompen vino el dolor real, el permanente. El dolor en los ojos, en los oídos; el dolor cóncavo del pecho vacío; el dolor agudo en la contracción del músculo; el dolor inundado en las mejillas; el dolor seco y sediento atrás en el cráneo; el dolor opresivo del diafragma en los pulmones; el dolor comprimido entre las vertebras; el dolor de la presión de todo lo que está inchado y supura. Así, el dueño del corazón derruido atravesó las tinieblas de la noche, temblando y agónico, escupiendo trozos de recuerdo y vomitando bilis. Con tanto destrozo no habría habido nadie que tendría apetito. El desayuno le supo a ceniza, el almuerzo a oxido, la cena a aceite. No era la primera vez que sufría de esa enfermedad hemorrágica y gangrenante que es el desamor. En medio de los delirios y los sudores sabía que tal vez lograría, una vez más, recuperarse, pero parte de los síntomas de dicha enfermedad es no tener certezas, y siempre estaba el riesgo de quedar lisiado para siempre. Los centros del cerebro se han reunido y han empezado a organizar las operaciones para contener los daños y las multiples cirugías para reconstruir el músculo que por fortuna todavía late. El dueño que, catatónico, aún respira, se encuentra en cuidados intensivos y el pronóstico es reservado. Hay riesgo de muerte cerebral y de fallo multisistémico cada vez que recuerda sus palabras - Que gracias - dijo ella.

Thursday, 12 March 2020

Ultimas palabras

El miedo de no volver a verte es más poderoso que el hambre. Aún me quedan algunas provisiones y cuando se acaben, sin importar lo que suceda, saldré a buscarte. Han sido largos días sin saber de ti. Han sido días agónicos de leer los libros de mi biblioteca hasta haberlos, por fin, terminado todos. Después de todo Borges, mi biblioteca no era infinita. Han sido tardes lánguidas de llorar sin desenfreno y luego de terminar con las lágrimas quedar en ese vacío blanco de la desesperanza presente en el tiempo. Todavía puedo ver por mi ventana. Esperaba incendios, explosiones, pánico, y gente huyendo por la calle, pero desde el toque de queda todo ha sido silencio. Todavía llega energía a casa y veo en el computador una pantalla que me mira, pero la red se ha muerto y no puedo por este medio alcanzarte. Alcanzar a nadie. No tengo radio. No tengo acceso a las noticias si es que se trasmiten todavía. Desde mi ventana veía moverse a otros en otras ventanas, pero lentamente han ido desapareciendo. Luego de un par de días de no verlos me asomé con miedo y grité preguntando por alguien. Solo silencio. Ya ni siquiera se oye el perro de la cuadra que ladraba ante cualquier ruido. No sé si se ha ido o se ha muerto. No sé si la enfermedad ha alcanzado a otros animales o si se han salvado. Los árboles en las montañas parecen estar bien, siguen verdes. No sé por qué la enfermedad a mí no me ha alcanzado. Por unos días esperé empezar a sentirme enfermo, esperé empezar a sentir la resequedad en la boca y a ver las manchan en la piel, pero nada. Esperé empezar a sentir la pérdida del apetito, el desgano y la necesidad de echarme en la hamaca para ya no levantarme nunca, pero aquí estoy, tengo hambre. Cuando me hice a la idea de que la enfermedad parecía perdonarme otras preocupaciones aparecieron. Tú. La idea de todos y cada uno de los que conozco y de no saber que ha sido de ellos destruyo mi cordura por un tiempo, pero con los días, empecé a aceptarlo. Solo tú eres inaceptable. La idea de que te hayas ido me destroza. No puedo aceptarla. Necesito imaginarte viva para seguir viviendo ¿Podré encontrarte? He pasado largas horas imaginando tu sonrisa. Tratando de reconstruir en mi memoria los trozos de tu cuerpo. Tratando de recordar el sonido de tu voz. He releído innumerables veces lo que antes ya te había escrito. Recuerdo con insistencia la última vez que te vi, ibas caminando, llevabas una blusa roja y me saludaste de lejos. Todos los días y varias veces vuelvo a leer lo último que escribimos: - Oye! Te quiero! Escribí yo, ya sin importar lo inútiles o inoportunos que fueran para entonces mis palabras y mis sentimientos. Reparo en los segundos que distanciaron mi mensaje del tuyo. Luego - Yo también! Cuídate mucho! Y con esa respuesta agría y feliz se acabaron los mensajes. Al día siguiente no había señal de nada, el celular se convirtió en un almacén de recuerdos. A veces me duermo con él entre los brazos tratando de acercarte. ¿Estás todavía? He tratado de mantener la rutina, de no perderme en la sinrazón de la vida y el tiempo. Al principio solía tomar largas siestas durante el día, tratar de matar el tiempo en el sueño. Pero luego las noches se hacían largas e insoportables y tu recuerdo se distorsionaba hacia lo oscuro y morías en mi imaginación una y mil veces. Así que tratando de mantenerte viva comencé a cuidar de mí mismo. Fue entonces cuando organicé las provisiones e hice cálculos. Fue entonces cuando puse a cargar el reloj y marqué en él mi posición, los satélites al menos parecen aún estar funcionando. Fue entonces cuando racioné los libros y les asigné un orden de lectura. Hice lo mismo con las pinturas y las telas. Las telas Borges, tampoco son infinitas. No daría ninguna pincelada que no valiera la pena, el agotamiento. Al principio quise plasmar tu imagen para tenerte, aún más, presente. Pero mi egoísmo dio paso a tu cariño y pensé en plasmar algo que tus ojos quisieran ver. Nunca me preocupé antes por buscar la imagen del Beagle así que tuve que imaginarme al barco en toda su extensión y en todos sus detalles antes de pintarlo. Pequeñito, en la proa, está Darwin de pie mirando al horizonte. Ojalá disfrutes verlo. ¿Qué estás tú haciendo? Estarás como yo leyendo y escribiendo en el aislamiento. ¿Tejes para entretener las manos? ¿Piensas en mí y en las últimas palabras que escribimos? A veces necesito imaginarte odiosa para sobrellevar el tiempo de tu ausencia. Necesito imaginar que no fuiste sincera cuando escribiste que tu también, sin aseverar nada, sin especificar qué. Necesito tratar de imaginar una vida sin ti, genuinamente imaginar mi vida sin que exista la tuya, pero no puedo. ¿Qué hago? He estado todo el día rumiando estas palabras, poniéndolas en el papel como si pudieran sobrevivirme. Pensando en dejarlas protegidas por si no regreso cuando salga a buscarte. Con esa ilusión humana de que otros las lean. No tú! Que si te encuentro viva no serán necesarias, pero si no, si no regreso estas letras son al menos un consuelo torpe e insuficiente para mí mismo. Un intento ciego para perdonarme por haber esperado tanto tiempo para decirte por primera vez que te quiero, sin saber que también sería la última. Tengo tanto miedo de no volver a verte.

Tuesday, 22 October 2019

Conjuro

Last night I summoned the demon with my voice.
He answered this morning by Whatsapp.

Friday, 22 February 2019

Único

Llevaba una moneda de 50 en el bolsillo, de las nuevas, de esas pequeñitas que no sirven para nada pero son bonitas porque son plateadas y llevan un osito que se ve tierno. Se la había encontrado por la calle y aunque sabía que recogerla implicaba más esfuerzo que lo que podría hacer con ella, le pareció un acto de maldad dejarla allí tirada. Se la metió al bolsillo de la chaqueta y la dejó allí olvidada, de tal manera que cada vez que volvía a usar la chaqueta, cuando metía su mano derecha, encontraba la diminuta moneda, y con sus dedos jugaba con ella dentro del bolsillo mientras caminaba. Esa mañana se había puesto la chaqueta, así que llevaba la moneda entre el bolsillo, y con la yema de sus dedos jugaba con ella. Caminaba con muchas ideas en la cabeza pero sin nada claro. Pensaba en si había sacado las llaves, en si habría visto todos los mensajes en el celular, en que llegaría temprano a su trabajo y eso le permitiría resolver ese problema que tenía pendiente desde hace rato, en su amante, en la última vez que estuvieron juntos, en el e-mail que debía escribirle a su jefe, en el correo que le había enviado el idiota del 4 piso, en qué compraría de almuerzo porque hoy no había preparado nada, en que en la esquina tal vez se encontraría con el indigente a quien regularmente le daba algunas monedas. Sería muy miserable darle a ese hombre la moneda de 50. Tan poco era su valor que incluso regalarla parecería un insulto, además ya era un valor agregado de la chaqueta, venía con un juguete con el que entretener los dedos mientras pensaba al caminar. Seguía caminando y llegó al semáforo, estaba en rojo así que se paró a esperar mientras veía con disgusto como la gente se iba acumulando al lado suyo y al otro lado de la calle esperando el cruce que parecía tardar eternidades. Trató de no darle importancia y enfocó su atención en la sensación que la pequeña moneda le producía en la yema de los dedos. Cambió el semáforo, puso el pie en la calle y miro desafiante a los que venían en contra para anunciarles que no se atravesaran en su camino, parecieron entender el mensaje. Avanzó un par de pasos y podría decirse que estaba en mitad de la calle cuando sintió que alguien desde atrás chocaba con todo su lado derecho, como si viniera apresurado y distraído y no le hubiera visto caminar. ¡Imbécil! pensó de inmediato con molestia al sentir el choque, pero la persona que pasó a su lado se giró un poco sin dejar de caminar y sin emoción alguna pero tratando de sonar conmovida dijo “disculpe” y siguió de largo. No tuvo tiempo de decir nada y tampoco quiso hacerlo pues no era nada que no pasara todo el tiempo. Vio como ese alguien desconocido y a quien seguramente no volvería a encontrarse nunca en la vida se alejaba apresurado. Se percató de pronto que instintivamente, por la fuerza de la inerte costumbre, había seguido caminando. El percance no había sido ni siquiera suficiente pare detenerse y cuando pensó en ese alguien desconocido que se alejaba ya había terminado de cruzar la calle y se había plantado al borde del anden a la espera de que cambiará el otro semáforo que debía cruzar para continuar su camino. También entonces se percató que con el tropiezo había sacado su mano del bolsillo y ahora estaba allí colgando a su lado derecho. Con la misma inercia de la costumbre metió la mano entre el bolsillo de la chaqueta y encontró la moneda.

The Room

She put her hair up in a ponytail. It was cleaning day and she was ready. The broom, the mop, the bucket, the cloth, the all-purpose cleaner...