El 10 de agosto a las 21:10 horas un sonido hueco y grave anunciando el quiebre de un corazón se esparció desde las escaleras hasta el resto del edificio como un sismo localizado que anunciaba cataclismos. El dueño del corazón se arrastró por las escaleras usando su mano izquierda para empujarse por las barandas mientras trataba de sostener en la mano derecha los trozos del corazón que se desboronaba. Los pequeños fragmentos iban deslizándose con sus bordes afilados mientras rasgaban la cavidad del pecho y caían pálidos hacia la mano que pretendía sostenerlos. En medio del derrumbe la identidad del corazón se hizo añicos y el latido unísono que lo acompañaba se hizo arrítmico y desordenado. La distancia entre cada trozo generaba una tensión inmaculada que cortaba el aire y dificultaba la respiración del dueño. La lentitud con la que un corazón roto se contrae y se expande hacen que la circulación se torne dificultosa y como consecuencia, se le helaron las manos y la espina dorsal. Las piernas le flaquearon y los músculos empezaron a temblar en pequeños espasmos tratando de compensar la perdida de temperatura. No le alcanzo la vida sino para arrastrarse escaleras abajo y buscar a tientas la puerta de su cuarto, el borde de su cama, el interior de las cobijas. Una vez adentro y ante el reconocimiento atónito del corazón destruido, le falló el cerebro. Las ideas se atropellaron contra el cráneo y el líquido cefalorraquídeo se hizo espeso. Las ilusiones se desvanecieron de súbito y todos los futuros se le hicieron delgados e improbables. Las neuronas crujieron replicando el sonido del corazón que se rompía y esa distancia falsa entre el corazón y el cerebro se hizo nula, ambos cayeron. No habiendo orden ni sentido en la cabeza el único mecanismo disponible para atender la emergencia se hizo presente, vinieron el llanto y la tristeza, y unas lagrimas gruesas empezaron a inundar las almohadas. El llanto vino acompañado de unos quejidos graves casi inaudibles que permitían restauran en el cerebro las sinapsis. Luego de ese dolor truncado e inmediato que se crea cuando un cerebro y un corazón se rompen vino el dolor real, el permanente. El dolor en los ojos, en los oídos; el dolor cóncavo del pecho vacío; el dolor agudo en la contracción del músculo; el dolor inundado en las mejillas; el dolor seco y sediento atrás en el cráneo; el dolor opresivo del diafragma en los pulmones; el dolor comprimido entre las vertebras; el dolor de la presión de todo lo que está inchado y supura. Así, el dueño del corazón derruido atravesó las tinieblas de la noche, temblando y agónico, escupiendo trozos de recuerdo y vomitando bilis. Con tanto destrozo no habría habido nadie que tendría apetito. El desayuno le supo a ceniza, el almuerzo a oxido, la cena a aceite. No era la primera vez que sufría de esa enfermedad hemorrágica y gangrenante que es el desamor. En medio de los delirios y los sudores sabía que tal vez lograría, una vez más, recuperarse, pero parte de los síntomas de dicha enfermedad es no tener certezas, y siempre estaba el riesgo de quedar lisiado para siempre. Los centros del cerebro se han reunido y han empezado a organizar las operaciones para contener los daños y las multiples cirugías para reconstruir el músculo que por fortuna todavía late. El dueño que, catatónico, aún respira, se encuentra en cuidados intensivos y el pronóstico es reservado. Hay riesgo de muerte cerebral y de fallo multisistémico cada vez que recuerda sus palabras - Que gracias - dijo ella.
Thursday, 20 August 2020
Thursday, 12 March 2020
Ultimas palabras
El miedo de no volver a verte es más poderoso que el hambre. Aún me quedan algunas provisiones y cuando se acaben, sin importar lo que suceda, saldré a buscarte. Han sido largos días sin saber de ti. Han sido días agónicos de leer los libros de mi biblioteca hasta haberlos, por fin, terminado todos. Después de todo Borges, mi biblioteca no era infinita. Han sido tardes lánguidas de llorar sin desenfreno y luego de terminar con las lágrimas quedar en ese vacío blanco de la desesperanza presente en el tiempo. Todavía puedo ver por mi ventana. Esperaba incendios, explosiones, pánico, y gente huyendo por la calle, pero desde el toque de queda todo ha sido silencio. Todavía llega energía a casa y veo en el computador una pantalla que me mira, pero la red se ha muerto y no puedo por este medio alcanzarte. Alcanzar a nadie. No tengo radio. No tengo acceso a las noticias si es que se trasmiten todavía. Desde mi ventana veía moverse a otros en otras ventanas, pero lentamente han ido desapareciendo. Luego de un par de días de no verlos me asomé con miedo y grité preguntando por alguien. Solo silencio. Ya ni siquiera se oye el perro de la cuadra que ladraba ante cualquier ruido. No sé si se ha ido o se ha muerto. No sé si la enfermedad ha alcanzado a otros animales o si se han salvado. Los árboles en las montañas parecen estar bien, siguen verdes. No sé por qué la enfermedad a mí no me ha alcanzado. Por unos días esperé empezar a sentirme enfermo, esperé empezar a sentir la resequedad en la boca y a ver las manchan en la piel, pero nada. Esperé empezar a sentir la pérdida del apetito, el desgano y la necesidad de echarme en la hamaca para ya no levantarme nunca, pero aquí estoy, tengo hambre. Cuando me hice a la idea de que la enfermedad parecía perdonarme otras preocupaciones aparecieron. Tú. La idea de todos y cada uno de los que conozco y de no saber que ha sido de ellos destruyo mi cordura por un tiempo, pero con los días, empecé a aceptarlo. Solo tú eres inaceptable. La idea de que te hayas ido me destroza. No puedo aceptarla. Necesito imaginarte viva para seguir viviendo ¿Podré encontrarte? He pasado largas horas imaginando tu sonrisa. Tratando de reconstruir en mi memoria los trozos de tu cuerpo. Tratando de recordar el sonido de tu voz. He releído innumerables veces lo que antes ya te había escrito. Recuerdo con insistencia la última vez que te vi, ibas caminando, llevabas una blusa roja y me saludaste de lejos. Todos los días y varias veces vuelvo a leer lo último que escribimos: - Oye! Te quiero! Escribí yo, ya sin importar lo inútiles o inoportunos que fueran para entonces mis palabras y mis sentimientos. Reparo en los segundos que distanciaron mi mensaje del tuyo. Luego - Yo también! Cuídate mucho! Y con esa respuesta agría y feliz se acabaron los mensajes. Al día siguiente no había señal de nada, el celular se convirtió en un almacén de recuerdos. A veces me duermo con él entre los brazos tratando de acercarte. ¿Estás todavía? He tratado de mantener la rutina, de no perderme en la sinrazón de la vida y el tiempo. Al principio solía tomar largas siestas durante el día, tratar de matar el tiempo en el sueño. Pero luego las noches se hacían largas e insoportables y tu recuerdo se distorsionaba hacia lo oscuro y morías en mi imaginación una y mil veces. Así que tratando de mantenerte viva comencé a cuidar de mí mismo. Fue entonces cuando organicé las provisiones e hice cálculos. Fue entonces cuando puse a cargar el reloj y marqué en él mi posición, los satélites al menos parecen aún estar funcionando. Fue entonces cuando racioné los libros y les asigné un orden de lectura. Hice lo mismo con las pinturas y las telas. Las telas Borges, tampoco son infinitas. No daría ninguna pincelada que no valiera la pena, el agotamiento. Al principio quise plasmar tu imagen para tenerte, aún más, presente. Pero mi egoísmo dio paso a tu cariño y pensé en plasmar algo que tus ojos quisieran ver. Nunca me preocupé antes por buscar la imagen del Beagle así que tuve que imaginarme al barco en toda su extensión y en todos sus detalles antes de pintarlo. Pequeñito, en la proa, está Darwin de pie mirando al horizonte. Ojalá disfrutes verlo. ¿Qué estás tú haciendo? Estarás como yo leyendo y escribiendo en el aislamiento. ¿Tejes para entretener las manos? ¿Piensas en mí y en las últimas palabras que escribimos? A veces necesito imaginarte odiosa para sobrellevar el tiempo de tu ausencia. Necesito imaginar que no fuiste sincera cuando escribiste que tu también, sin aseverar nada, sin especificar qué. Necesito tratar de imaginar una vida sin ti, genuinamente imaginar mi vida sin que exista la tuya, pero no puedo. ¿Qué hago? He estado todo el día rumiando estas palabras, poniéndolas en el papel como si pudieran sobrevivirme. Pensando en dejarlas protegidas por si no regreso cuando salga a buscarte. Con esa ilusión humana de que otros las lean. No tú! Que si te encuentro viva no serán necesarias, pero si no, si no regreso estas letras son al menos un consuelo torpe e insuficiente para mí mismo. Un intento ciego para perdonarme por haber esperado tanto tiempo para decirte por primera vez que te quiero, sin saber que también sería la última. Tengo tanto miedo de no volver a verte.
Tuesday, 22 October 2019
Friday, 22 February 2019
Único
Llevaba
una moneda de 50 en el bolsillo, de las nuevas, de esas pequeñitas que no
sirven para nada pero son bonitas porque son plateadas y llevan un osito que se
ve tierno. Se la había encontrado por la calle y aunque sabía que recogerla implicaba
más esfuerzo que lo que podría hacer con ella, le pareció un acto de maldad
dejarla allí tirada. Se la metió al bolsillo de la chaqueta y la dejó allí
olvidada, de tal manera que cada vez que volvía a usar la chaqueta, cuando
metía su mano derecha, encontraba la diminuta moneda, y con sus dedos jugaba
con ella dentro del bolsillo mientras caminaba. Esa mañana se había puesto la
chaqueta, así que llevaba la moneda entre el bolsillo, y con la yema de sus
dedos jugaba con ella. Caminaba con muchas ideas en la cabeza pero sin nada
claro. Pensaba en si había sacado las llaves, en si habría visto todos los mensajes
en el celular, en que llegaría temprano a su trabajo y eso le permitiría
resolver ese problema que tenía pendiente desde hace rato, en su amante, en la
última vez que estuvieron juntos, en el e-mail que debía escribirle a su jefe,
en el correo que le había enviado el idiota del 4 piso, en qué compraría de
almuerzo porque hoy no había preparado nada, en que en la esquina tal vez se
encontraría con el indigente a quien regularmente le daba algunas monedas. Sería
muy miserable darle a ese hombre la moneda de 50. Tan poco era su valor que incluso
regalarla parecería un insulto, además ya era un valor agregado de la chaqueta,
venía con un juguete con el que entretener los dedos mientras pensaba al
caminar. Seguía caminando y llegó al semáforo, estaba en rojo así que se paró a
esperar mientras veía con disgusto como la gente se iba acumulando al lado suyo
y al otro lado de la calle esperando el cruce que parecía tardar eternidades.
Trató de no darle importancia y enfocó su atención en la sensación que la
pequeña moneda le producía en la yema de los dedos. Cambió el semáforo, puso el
pie en la calle y miro desafiante a los que venían en contra para anunciarles
que no se atravesaran en su camino, parecieron entender el mensaje. Avanzó un
par de pasos y podría decirse que estaba en mitad de la calle cuando sintió que
alguien desde atrás chocaba con todo su lado derecho, como si viniera apresurado
y distraído y no le hubiera visto caminar. ¡Imbécil! pensó de inmediato con
molestia al sentir el choque, pero la persona que pasó a su lado se giró un
poco sin dejar de caminar y sin emoción alguna pero tratando de sonar conmovida
dijo “disculpe” y siguió de largo. No tuvo tiempo de decir nada y tampoco quiso
hacerlo pues no era nada que no pasara todo el tiempo. Vio como ese alguien
desconocido y a quien seguramente no volvería a encontrarse nunca en la vida se
alejaba apresurado. Se percató de pronto que instintivamente, por la fuerza de
la inerte costumbre, había seguido caminando. El percance no había sido ni siquiera
suficiente pare detenerse y cuando pensó en ese alguien desconocido que se alejaba
ya había terminado de cruzar la calle y se había plantado al borde del anden a
la espera de que cambiará el otro semáforo que debía cruzar para continuar su
camino. También entonces se percató que con el tropiezo había sacado su mano
del bolsillo y ahora estaba allí colgando a su lado derecho. Con la misma inercia
de la costumbre metió la mano entre el bolsillo de la chaqueta y encontró la
moneda.
Monday, 18 February 2019
Dos
No creo en dios - pensaba ella para si misma mientras caminaba por la calle - o mejor dicho creo en todos los dioses, creo que existen en la medida que nosotros los hemos creados, son todo un conjunto de existencias colectivas en la mente de las personas. Ideas de seres que investidos de cualidades que los humanos no poseemos, se suponen reales e irreconocibles por estar más allá de nuestras habilidades de comprender el mundo. Ideas de seres embebidos incluso de la capacidad de ser los creadores de todo y sobre todo de la realidad en la que ciertamente nos encontramos. Como si la complejidad de todo cuanto verdaderamente es no nos fuera suficiente en nuestra inmadura e ínfima conciencia. Siendo los dioses solo ideas pienso que su existencia y su poder están limitados por nosotros mismos. Tienen poder solo en la medida que nosotros se lo damos, tienen poder y solo el poder que nosotros les asignamos en nuestra mente. El poder de, como ideas, influir en nuestras decisiones, nuestros juicios, nuestros actos, el mismo poder que tiene cualquier otra idea a la que nos aferramos, como la libertad o la justicia. Que finalmente el poder es solo eso, las restricciones que nos imponemos a nosotros mismos escudadas en asumir y aceptar la existencia de supuestas leyes universales, la elección consciente o inconsciente de premisas absolutas a las que les otorgamos el permiso de influir en quienes somos. Y así, tienen sobre nosotros los dioses el efecto que les hemos asignado que tengan. Por tanto en ningún dios creo porque a ninguno le he otorgado más valor que el que tienen ideas mucho menos célebres como los duendes de los cuentos de hadas, o los animales que hablan en las fábulas. Dios no tengo - Seguía pensando para ella misma mientras caminaba distraída -. En cambio, bajo esta misma idea he creado para mí un guardián único que me protege. La idea de un ser que se mueve más allá de cualquier ley termodinámica, lejos de cualquier lógica o sentido físico, una criatura que mientras yo estoy bien se mantiene agazapada y descolorida, frágil y casi durmiente, pero que en cuanto me debilito, física o mentalmente, tanto más se hace ella fuerte y sabia, algo o quizá alguien que está más viva entre más cerca me encuentro yo de la muerte...
Un movimiento inesperado la sustrajo de sus pensamientos, dos hombres la abordaron para robarla. Ella reaccionó tratando de huir, pero uno de los hombres se sobresaltó y le asentó un golpe en la cabeza que la hizo perder el sentido. Un hilo de sangre empezaba a derramarse.
Se desplomaba y su sombra, que hasta ahora era apenas perceptible, se fue tornando cada vez más oscura hasta parecer que se levantaba sobre el cemento. Cayó y al chocar contra el suelo se escuchó un sonido agudo que fue tomando fuerza y fue haciéndose tan grave como el rugido de las bestias enloquecidas en las noches de luna. Ese mismo rugido pareció cobrar forma en el aire y una criatura enorme, desproporcionada y oscura se posó con firmeza frente a ella. El aire se enrareció hasta parecer venenoso, y más allá de ella y de los dos hombres que la atacaron no podía verse nada, como si una niebla viscosa e impenetrable los separa de la realidad. El miedo fue subiendo por las piernas de los dos hombres como un enjambre de insectos a punto de devorarlos, y el sonido del rugido los ensordeció hasta hacerlos sangrar por los oídos. Se quedaron inmóviles, petrificados ante la visión de ese ser que con su sola presencia les arrebata el aliento, la paz eterna, la tranquilidad de todos los rincones de su mente en todos los tiempos y, si hubiese tal, les desgarraba lenta, dolorosa e irremediablemente el alma hasta la inexistencia. Uno de ellos intentó dar un paso mientras apretaba los puños para darse ánimos. El guardian levantó su descomunal brazo izquierdo que se tornó de roca maciza y se descargo sobre la cara del ladrón que cayó al piso con un quejido corto mientras la sangre corría desde lo que había sido su rostro hacia el suelo. El otro hombre, aterrorizado, se dio media vuelta para huir solo para encontrarse de frente con la criatura que, sin un rostro o siquiera un material definido, empuñaba un brazo de fuego azul que lo golpeo con fuerza en el pecho y le descargo la energía de diez rayos aniquilando su corazón y quemando todos sus nervios. Apenas si tuvo tiempo antes de morir, para ver como la realidad se aclaraba mientras que la niebla se desvanecía y el guardian pasaba a su lado para volver con el paso firme que tendría un volcán a la sombra de su dueña que empezaba a despertarse.
Tuesday, 18 December 2018
Carta a la Magdalena
Querida Magi,
Bien me dijo mi papá que no viniera. Que él se había alejado de todos ustedes por algo. Que le habían salido mal y no sabía como arreglarlos. Pero yo no le hice caso, y vine.
No me arrepiento de haber venido, pero no me imaginé que era así era la cosa.
Yo le dije: "papá, dejame ir hombre, yo te prometo que voy a redimirlos", "yo me voy a sacrificar por ellos y verás como se portan de bien de ahí en adelante" le dije. Él me miró de reojo y me dijo: "ayy mijo ¡usted sí! pa' qué se pone a decir esas cosas, no ve que eso es 'palabra de dios' y ahora le toca cumplirlo. Y vine.
Magdalena mía, yo que no sabía que aquí te encontraría. Que luego de pasar una noche entre tus brazos me importaría un comino lo que le pase al mundo. Que quisiera irme a un lugarcito apartado de la tierra a vivir contigo y criar cabras. Pero afuera me espera Pedro y los soldados vendrán por mi más tarde. Igual, que ingenuo yo Magda, tú no te irías conmigo, que no eres de las que se quedan quietas. ¡A tantos otros y a tantas otras amas! que hoy pienso que este papel de 'hijo de dios' te hubiera quedado mejor a ti.
¿Viste Magdalena? En las noches en que has dormido a mi lado te he contado mis sospechas de que lo que le salió mal a mi papá es haberlos hecho mejor que ha nosotros, demasiado bien, más complejos, más diversos, menos encasillados, más libres. Ya los ángeles y arcángeles se han quejado antes - hace siglos - de la libertad humana. Pero luego se han callado cuando mi papá les recuerda que ellos no sufren hambre, ni dolor, ni angustia alguna. Mientras tanto, ustedes en medio de su libertad y de su sufrimiento parecieran divertirse más. Yo hablo y tu desnuda y dormida nada oyes y solo disfrutas a pierna suelta del calor de mi cuerpo y la frescura de la noche.
Fuiste tu dulce mujer dulce demonio quien me hizo ver que así estaban ustedes bien. Fuiste tu Magda de mis amores la que me mostró que los hombres y sobre todo las mujeres se valen por si mismos y nada necesitan de mi papá, ni de mí, ni de mi hermano. Fuiste tú quien entre la desnudes de tus tobillos al andar y el sudor de tus axilas y de tu frente al trabajar en el campo, me mostró como todo lo que son y tienen es suficiente. A la larga mi papá tenía razón, yo no tenía que venir a nada.
Pienso Magdalena - ¡Pobre del dios que en su eternidad no ha tenido la fortuna de encontrarse con un ser que lo atormente! - porque ante ti mujer, tiemblo. Porque por ti justifico todo el horror y todas las angustias del mundo. Por ti justifico todos los engaños, las mentiras y los insultos, todas las noches de ebriedad y todos los que enloquecidos se han aventurado a atravesar el mundo o más aún a desafiar a mi papá. Por la simpleza cruda de tu existencia vaga Magda volvería a morir en la cruz. Por volver a verte acariciar ebria de amor la mejilla de esa otra mujer que te conmueve volvería a bajar a salvarlos a todos.
Perdóname Magda que me haya puesto sentimental, ¡Es que ya me queda tan poco tiempo entre los hombres! Pero no quería salir sin escribirte estas letras. Magi llegarás a vieja entre brazos y bebidas, entre el sol y la lluvia, entre el pan y los peces, entre las sonrisas y las lágrimas, siempre con el paso firme, con ese amor incontrolable por un día más de vida, la pasión exacta por la persistencia. Haya pues Magdalena, gózate la vida que yo no tengo, pierde.
Pronto me matan Magdalena, y me llorarás Magi, por tres días. Cuando yo resucite y te encuentre afuera de mi tumba sonreirás con esa sonrisa tuya de todo está perdido. Me abrazarás, me darás un beso en la mejilla y te alejaras con ese paso angelical que tienes. Volverás al vino y a los amores, volverás al río y a las flores. Yo mientras, seguro aburrido y algo hastiado de la historia de la historia, te esperaré en el cielo, y te estaré mirando desde mi silla, allí sentado a la derecha del padre.
Siempre y únicamente tuyo,
Cris.
Pienso Magdalena - ¡Pobre del dios que en su eternidad no ha tenido la fortuna de encontrarse con un ser que lo atormente! - porque ante ti mujer, tiemblo. Porque por ti justifico todo el horror y todas las angustias del mundo. Por ti justifico todos los engaños, las mentiras y los insultos, todas las noches de ebriedad y todos los que enloquecidos se han aventurado a atravesar el mundo o más aún a desafiar a mi papá. Por la simpleza cruda de tu existencia vaga Magda volvería a morir en la cruz. Por volver a verte acariciar ebria de amor la mejilla de esa otra mujer que te conmueve volvería a bajar a salvarlos a todos.
Perdóname Magda que me haya puesto sentimental, ¡Es que ya me queda tan poco tiempo entre los hombres! Pero no quería salir sin escribirte estas letras. Magi llegarás a vieja entre brazos y bebidas, entre el sol y la lluvia, entre el pan y los peces, entre las sonrisas y las lágrimas, siempre con el paso firme, con ese amor incontrolable por un día más de vida, la pasión exacta por la persistencia. Haya pues Magdalena, gózate la vida que yo no tengo, pierde.
Pronto me matan Magdalena, y me llorarás Magi, por tres días. Cuando yo resucite y te encuentre afuera de mi tumba sonreirás con esa sonrisa tuya de todo está perdido. Me abrazarás, me darás un beso en la mejilla y te alejaras con ese paso angelical que tienes. Volverás al vino y a los amores, volverás al río y a las flores. Yo mientras, seguro aburrido y algo hastiado de la historia de la historia, te esperaré en el cielo, y te estaré mirando desde mi silla, allí sentado a la derecha del padre.
Cris.
Friday, 9 November 2018
Olvido
Se sentó frente a su computador dispuesta a trabajar y con la confidencia de todos los días digitó la contraseña que le daba acceso a su escritorio. Lo que escribió no funcionó, - qué raro - pensó ella, - estoy segura que esa era - y volvió a escribirla, nada, no funcionaba. Puso la primera letra en mayúscula, tampoco. Pensó en la otra contraseña que solía usar en esos casos y la escribió, no funcionó. Cambió los números por otros que también solía usar, nada. Entro a su celular y trató de ingresar a sus redes sociales en donde también usaba la que pensaba era la contraseña, y no pudo acceder. No podía creerlo, estaba segura que tenía que ser alguna de esas, o esta palabra con este número o esta otra, no podían haber muchas opciones. Intentó todas las combinaciones y todas las palabras y números que recordaba alguna vez había usado, pero ninguna funcionó. Se le bloqueo el compu, la cuenta de las fotos, la cuenta de chatear con los amigos, la cuenta de conocer nuevos amigos, la cuenta del correo, la cuenta del otro correo, y por supuesto la del correo alternativo. Le tocó recurrir a - Has olvidado tu contraseña - en todos los casos. Afortunadamente las confirmaciones le llegaban al celular y pudo recuperar todas sus cuentas asignando nuevas contraseñas. Pero para el compu le tocó llevarlo a donde un "técnico" para poder entrar a su escritorio. Pensó que la habían hackeado pero el técnico le confirmó que no había nada raro, que posiblemente ella se había confundido de contraseña, - que raro - volvió a pensar. La verdad era que no se había confundido, sino que la había olvidado, y era que ella tenía la costumbre de usar el nombre o el apellido de quien amaba para sus contraseñas, pero hacia un tiempo ya que venía olvidando a su último amor que no le había funcionado, y su nombre y su apellido eran el ultimo pedacito de información que ella conservaba de él aún en su cerebro, bueno, hasta ese día en que le tocó cambiar todas sus contraseñas.
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The Room
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